Escuela de la Costa

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¿Quiénes somos?

En el año 1974, muchas parejas jóvenes y familias con hijos chicos nos instalamos en Puerto Madryn. La mayoría vinimos contratados por Aluar, para poner en marcha y/o trabajar en la planta de aluminio. Otros, profesionales independientes o comerciantes, vinieron a trabajar por su cuenta a la Patagonia, atraídos por la posibilidad de mejorar su situación económica o su calidad de vida.
Pronto las familias empezaron a crecer y los chicos a multiplicarse. Nos encontramos con la dificultad de que la capacidad de las escuelas que existían se vio sobrepasada y no alcanzaban para albergar a nuestros hijos. Ante esa dificultad, un grupo de matrimonios, sobre todo los que hacía poco nos habíamos instalado en la zona, empezamos a reunirnos en casas, en la Sociedad Italiana y también en el Club Náutico, para ver qué podíamos hacer. Algún atrevido largó la idea de crear una escuela. Primero nos asustamos: ¿qué sabíamos la mayoría de nosotros sobre el funcionamiento de una escuela? Pero nos empezamos a entusiasmar y algo que parecía utópico, empezó a tomar forma: podríamos empezar una escuela desde el punto cero, chiquita, con pocos recursos pero mucho entusiasmo. ¿Cómo se iba a financiar? Armando una fundación sin fines de lucro y aprotando a ella una pequeña cuota para financiar exclusivamente los gastos.
La idea empezó a tomar forma, algunos viajaron a Buenos Aires para asesorarse y nos pusimos en marcha. Conseguimos una casa de familia que estaba desocupada, en la Av. Roca casi Gales. El dueño, que también se sumó al proyecto, nos la alquilaba por una suma muy pequeña. Sucesivos viajes a Rawson al Ministerio de Educación, nos fortaleció en nuestra meta: se veía con buenos ojos esta Fundación, porque le permitía al gobierno descomprimir la situaciòn que se le estaba planteando: no había suficientes bancos para los chicos que tenía Puerto Madryn.
Representantes de la Fundación realizaron varios viajes a Rawson y se consiguió que la Ministra de Educacion de esa época, año 1979, profesora Lidia Romero, autorizara el funcionamiento en las condiciones antedichas.
¿Qué nombre le pondríamos? Surgieron varias posibilidades. Finalmente un padre (Francisco Antognini) propuso que, ya que la escuela estaba cerca de la costa, se llamara Escuela de la Costa. La denominación cayó bien y así empezamos esta larga historia, en una casita de tres habitaciones, en donde en la sala funcionaba la dirección y que tenía tres grados a la mañana y tres a la tarde, porque había un grado (creo que 5to.) que no había tenido inscripción. Era el ciclo lectivo 1980 y en el mes de septiembre, el día del maestro, se hizo la inauguración oficial de la escuela.
Pronto fue ganando buena fama, aumentó la matrícula y llegó a la escuela el inolvidable Daniel Reyes, el director que lo fue hasta su jubilación. Teníamos pocos fondos: baste decir que cada chico se llevaba la silla de su casa para tener dónde sentarse.
En el tercer ciclo lectivo de su historia, se incorporó la sala de 5 años, en una habitación que se construyó en el fondo. Las madres de los chicos que iban a ser alumnos de esa sala, cosimos y contruimos los juguetes, porque no teníamos fondos para comprarlos. La equipamos como pudimos.
La escuela siguió creciendo y nos quedó chica. Además, nos reclamaban la casa alquilada. ¿Qué hacer? Recurrimos a la Municipalidad, que nos donó el terreno donde estamos ahora. Quedaba lejos de todo, cerca del viento y de la tierra que bajaba de las bardas. Aluar nos donó unas gamelas de madera que no utilizaba y las plantamos en ese terreno, en forma de U. El patio de la escuela era la Patagonia. No teníamos ni cerco; como era imprescindible para la seguridad de los chicos, lo hicimos a pulmón, lo instalamos un sábado, en el que nos ensuciamos con la brea por ser trabajo de inexpertos. El sábado siguiente lo pintamos de blanco.
Allí empezó la doble jornada. La fama de la escuela crecía y también su matrícula. Empezó la costumbre de que si un padre quería anotar a su hijo, tenía que asociarse con el resto de los padres del grado y constuir el aula. Así creció la escuela, de la nada, solo con esfuerzo, visión y esperanza.
Los padres nos comprometíamos desde todo punto de vista: el económico, el afectivo, el educativo. Estábamos siempre presentes. Organizábamos todo tipo de actividad, al comando de Daniel Reyes: rifas, búsquedas del tesoro, kermesses, etc. En todos poníamos horas y esfuerzo y nos divertíamos a la par de nuestros hijos. Éramos una gran familia, la familia de la Costa. Recuerdo que para ayudar a equipar la escuela, Daniel organizó una fiesta en la que cada grupo de familias que él había reunido, tenía que presentar un objeto o material necesario para el funcionamiento docente, que había construido previamente, y tenía que cantar una canción alusiva a ese objeto. A nosotros, junto con las familias Sambeth, Machulini y Baggio, nos tocó constuir y presentar la mapoteca. Nos divertimos muchísimo con las sucesivas representaciones y se logró el propósito: la escuela se equipó con muchas cosas.
Parece mentira lo que fuimos creciendo. Pronto sucedió otro hecho: con los chicos que terminaban la escuela primaria, se repitió la misma problemática del comienzo, ahora con el nivel secundario. Entonces la emprendimos con el secundario ¿por qué no? Daniel Reyes entusiasmó a un colega de Buenos Aires, Víctor Límoli, que se sumó a la cruzada y otra vez, de la nada, apareció algo muy valioso: la sección secundaria. El crecimiento se consolidaba.
Tuvimos épocas gloriosas y épocas difíciles. Los problemas económicos de Madryn repercutieron hondamente en la escuela y vivimos los más y los menos de la ciudad. Pero salimos adelante y seguimos creciendo.
Las anécdotas son muchas. Cómo olvidar aquella representación que se hizo hace años en una fiesta, para la que se nos ocurrió la loca idea de que cuatro papás bailaran “el lago de los cisnes”. Y allí marcharon Rubén Cosimano, Mario Rezzonico, Gabriel Zurita y José Abihaggle a tomar clases de ballet con la profesora Patricia Tosti, y por fin bailaron con tutú y coronita de flores en el escenario. Fueron ovacionados.
Cómo olvidar las increíbles jornadas culturales, cuando, promovido por la profesora María Roberto, escritores de la talla de Ernesto Sábato, Soriano, Dal Masetto, Guillermo Martínez, Juan Forn, Griselda Gámbaro, entre otros o pintores como Guillermo Kuitca, vinieron a Madryn traídos por la Escuela para dar charlas a los chicos y a toda la comunidad.
O las veladas artísticas, con nuestros chicos representando obras de teatro famosas, u otras creadas por ellos mismos, incluso la escenografía.
Muchas veces me llama la atención que para los padres nuevos, la escuela sea un lugar de demanda, como si todo se hubiera hecho tan fácil, sin esfuerzo. Claro, encuentran una escuela hecha y derecha, no necesitan pelearla para lograr algo nuevo. Cuesta recobrar el espíritu de los pioneros.
Pero para alguien como yo, que desde hace años, además de madre de la escuela es docente de ella y ahora, honrada con la función directiva del nivel secundario, nos sigue pareciendo más que nunca “nuestra escuela”. Para mis tres hijos, su querida Escuela de la Costa es el lugar cálido de la infancia, compartida con tantos amigos, la mayoría de los cuales aún conservan.
Muchos de nuestros ex alumnos son ya padres de la escuela. Eso es muy emocionante. Quiere decir que lo que se instaló en ellos, más allá de los conocimientos, fue amor por la querida Escuela de la Costa y quieren que sus hijos pasen por las mismas vivencias que ellos sintieron.
En mi sector, me alegra ver esa mezcla increíble de edades en los docentes. Los que estamos desde el principio y tantos jóvenes que se van incorporando al plantel docente. Algunos, inclusive, son ex alumnos. Pero todos comprometidos con la escuela y “con la camiseta” puesta.
Me emociona también ver pasar a sucesivas generaciones de chicos y jóvenes, que marchan hacia la vida con nuestra semillita incrustada en ellos, que entran chiquitos por una puerta y salen hechos unos jóvenes llenos de promesas por la otra y que sé que constantemente nos recuerdan.

María Amelia Pedroncini

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